03 noviembre 2009

La paja en la ducha


La paja en la ducha. El acto supremo de la soledad masculina. No hay nada más triste, pero a la vez hermoso —esa extraña hermosura de lo patético— que un varón masturbándose completamente desnudo, empapado, rodeado de vaharadas de vapor, de restos de espuma, en una bañera o en un plato de ducha. Todos hemos caído ahí alguna vez, es inútil negarlo. Una paja en la ducha es puro desahogo, no hay erotismo, vicio, romanticismo en ello. Es un llanto violento, casi un castigo, que purga el cuerpo y el alma. Un hombre no acude bajo la alcachofa de la ducha con la idea de cascársela, sino que el impulso surge de pronto, como un arrebato místico, una fiebre que hay que purgar de inmediato y que no calma el agua fría.
Quizá haya que detenerse en observar en derredor para llegar a comprender las causas de todo esto. La desnudez masculina no es algo esencialmente bello; un hombre se encuentra extraño sin ropa y, salvo excepciones, por lo general sólo se queda en cueros para ducharse o follar, de ahí que en nuestra psique haya cierta relación inconsciente entre ambos actos. Luego está el cuarto de baño, santuario masturbatorio por excelencia. Ir al váter y pajearse se convierten en sinónimos en ciertas fases de nuestra vida, que unos superan y otros no. La furtiva manola adolescente en el, por lo general, único cuarto de la casa que tiene pestillo estaba lleno de peligro, de morbo… Podían pillarte tus padres, podían salirte granos, podía verte Dios… El chute de adrenalina no ayudaba precisamente a bajar los ánimos, si acaso, a acabar cuanto antes.
Insistimos en el tema del váter como sancta sanctórum eyaculatorio por excelencia; sí, ese pestillo antes mencionado aportaba seguridad, una frontera entre ellos y tú, entre el mundo real y tu momento de fantasía erótica, pero no era lo único. Allí tenías papel, agua y jabón para borrar tus huellas y tu vergüenza, tirarlas por el retrete y salir limpio y sin mácula, como recién confesado. Digno hijo de tu madre. Hay más, el váter, como la cocina, no tiene gotelé en las paredes, sino fríos azulejos y hasta un suelo distinto, como si en verdad no perteneciera a la casa y sin embargo sí a todos sus habitantes. Un lugar comunal, pero a la vez la quintaesencia de la privacidad. Un váter está lleno de artefactos extraños, de potingues absurdos, de ropajes curiosos, de olores confusos, de restos ajenos, todo ello muestra el lado oscuro e íntimo de los demás, como una ojeada a lo más recóndito de sus almas, de sus miserias, juntas pero jamás revueltas, que en cierto modo exaltan ese lado voyeur que todos compartimos.
Queda establecido pues, en nuestra adolescencia, el poder porno-eyaculatorio del váter. Luego llega el Sexo en el váter, cómo no. Un paso hacia delante en la evolución sexual del hombre, injustamente menospreciada. ¿Queréis una prueba de amor de verdad, chicas? Si un hombre os abre la puerta de su váter para follar, en realidad os está abriendo la puerta de su corazón. Sólo quien se ama a sí mismo puede amar a los demás. Y así, os abre los sagrados portones de su templo pajero, pues allá donde tantas veces vertió su semilla de forma estéril, ahora está dispuesto a compartirla. Es una comunión de almas.
Por eso la paja en la ducha está cargada de melancolía. ¿La clave está en el agua? El fragor del chorro acalla los gemidos. La presión del líquido acaricia y golpea la piel. La temperatura dilata y contrae. Al final, uno no es más que un ser reducido a la mínima expresión, pura sensibilidad, y se deja llevar. Es una vuelta atrás, retrotraerse no ya a la pubertad, sino al útero materno, cálido y húmedo, o quizá más atrás, al homínido que copula espasmódicamente de pie, o más atrás aún, a la sopa primigenia de la que surgió la vida. Qué hay más solitario que ducharse, qué hay más curativo y purificador. Luego, todo se va por el desagüe y uno sale renacido, rebautizado.

14 septiembre 2009

Los Pilares de mi tierra (I): El almuerzo

Disculpen nutricionistas, sibaritas y gurmés gafapastas, pero la pieza clave de la alimentación hispana se compone de cuatro elementos perfectamente conjugados sin los cuales nuestro modus vivendi se vería apocado a la anarquía y la barbarie. A saber: pan, lomo, tomate y mayonesa. Los cuatro unidos, cual mosqueteros, conforman el PADRE de todos los bocadillos. Y al igual que en otras culturas tienen alimentos asociados a rituales propios que forman parte del acervo tradicional e idiosincrasia personal, otro tanto sucede en nuestro país con el bocadillo de lomo con tomate y mayonesa, pues es en el almuerzo, y no en otro momento del día, cuando este manjar de dioses cumple su verdadera función social y nutricional.
El almuerzo, para los no iniciados, es la segunda comida del día, entre el desayuno y la comida, propio de los trabajadores de verdad, de los de a pie de obra, que necesitan recobrar fuerzas a media mañana tras el madrugón y ante la lejana perspectiva de la comida. Sólo aquel que se ha deslomado en el campo o en una zanja valora en su auténtica dimensión el almuerzo, ese momento de reunión en el bar, alrededor de la bebida, con una leve conversación mientras se descansa el culo en la silla por primera vez en horas. Los funcionarios jamás podrían entender esta sensación, por ello son más de desayunar café, tostada y zumo y aguantar el tipo hasta la hora de las cañas. Están en otra dimensión, un universo paralelo exclusivo que poco o nada tiene que ver con el que estamos refiriendo aquí.
La composición básica del almuerzo, un almuerzo español de verdad, se estructura en cerveza o vino con casera, bocadillo de lomo con mayonesa y tomate, cortado o carajillo, y chupito de orujo para rematar. Aunque las normativas laborales no ven con buenos ojos eso de que los trabajadores ingieran alcohol durante su jornada, lo cierto es que éste no tiene más función que reactivar el flujo sanguíneo, sobre todo en invierno, para recuperar el tono. De todas formas, poco puede afectar una mahou y un chupito a quien descarga sacos de cemento durante diez horas seguidas. Para esos casos, existe -y se permite- la sustitución de la bebida inicial por una sin o cocacola y el orujo por un carajillo.
Y aunque la amplia carta de bocadillos de un bar del polígono es casi infinita, sin lugar a dudas, es nuestro lomo con tomate y mayonesa la estrella del menú. Entre sus magníficas cualidades cabe destacar la rapidez de su preparación, que evita las largas esperas y la posibilidad de llegar tarde al tajo; sus completas propiedades nutritivas, su amplia capacidad de maridaje (que es como llaman ahora los modernos a la bebida pa'bajarlo), su fácil digestión y capacidad para saciar el hambre más canina, resaltar asimismo que apenas mancha -aunque unas gotas de mayonesa en el mono tampoco van a afearlo más- y, por supuesto, su sabor, esa conjugación de sabores mágicos que explota en nuestro paladar, aportando una sensación de tranquilidad similar al estado de trance que experimentan sólo los más avezados yoguis. Por último, subrayar una de las principales virtudes de este manjar y es su bajo precio, necesariamente asequible al bolsillo del currante. Un almuerzo completo jamás debería costar más de 4 euros, por mucha crisis que haya; entre esas rebanadas de pan se asientan los cimientos del progreso, el desarrollo económico y la libertad.
Aunque ya se sabe que cada cual tiene su librillo, el perfecto bocadillo de lomo debería contener entre tres y seis buenas tajás; dos son apenas un montado, y así deberíais señalárselo al camarero, junto con la indicación de que se lo meta por vía rectal. El modelo más extendido es el de tres, si bien lo recomendable serían cuatro. El lomo, hecho a la plancha, ha de servirse caliente, pues el tomate y la mayonesa ya se encargarán de enfriarlo y dotar al bocadillo de esa extraña conjugación de temperaturas. El pan ha de ser ancho, del día, sin llegar a estar separadas la parte (o tapa) de arriba de la de abajo; norma ésta aplicable a todos los bocadillos y que por sistema incumplen todos aquellos manazas que no saben diferenciar media barra de un sandwich. El bocadillo, como los libros, y valga el juego de palabras en este caso, tiene lomo (a derechas o a izquierdas, según el cocinero sea diestro o zurdo), y será este lomo nuestro punto de apoyo en la mano.
Llegados al tomate, está claro que no hay nada mejor que unas buenas rodajas de tomate natural (y ya si es de Liétor o Valdeganga, de paja, oiga), o en su defecto, éste rayado. Lamentablemente, y a buen seguro por culpa de los antes mencionados trabajadores a sueldo del Estado y sus tostadas de tomate, se ha extendido el uso de tomate rayado de bote que, por muy fresco que esté, no es lo mismo. Otro tanto sucede con la mayonesa, que por cosas de salud es de esa sin huevo, pero en este caso la diferencia en el sabor es casi indistinguible (lo cierto es que ya he olvidado a qué sabe la mayonesa casera de verdad) y encima tenemos la tranquilidad de saber que no vamos a irnos de cabeza al váter con las cagaleras de la muerte.

Bocadillo de lomo con tomate y mayonesa, gracias por existir.

Curso 2009-2010

Tras el hiato veraniego (ustedes disculpen) vuelvo con nuevas chorradas de interés (o no)

08 julio 2009

Bestiario de bar (1): El Sabio

Leer la prensa y ver los telediarios no sólo informa, sino que enseña al que no sabe. El efecto secundario de esto es que hay individuos que, tras devorar muchas noticias, se convierten en sabios. De aquí que, los filósofos, los dueños de todo el conocimiento, estén acodados en las barras de los bares.
Estos individuos, seres preferentemente mayores de 50 años, prejubilados o directamente abonados al Inserso, dedican su tiempo de ocio, que suele ser todo su tiempo, a ir a los bares a adoctrinar a las masas. Su primer actividad diaria es leerse los periódicos sin comprarlos, para ello se desplazan a los hogares del jubilado o a las cafeterías. Con el conocimiento vampirizado de la letra impresa, la información recogida en el telediario del mediodía y algo de radio nocturna del día anterior, ya están listos para transmitirnos sus conocimientos, que abarcan casi todos los campos, y es que estos tipos saben son una wikipedia ambulante, aunque suelen especializarse en temas perfectamente definibles según la sección del periódico que más les guste o el tema de moda en los mass media. Cuando Fernando Alonso tenía un coche que corría, todos sabían a cuántas paradas había que repostar en Monza; si se estrella un avión, dilucidan enseguida que se trata de un problema con los flaps... Ahora mismo, la crisis es un filón constante a explotar y desarrollar por los sabios del bar. Si supieran los altos mandatarios la cantidad de expertos en macroeconomía de 60 años que pueblan nuestros establecimientos hosteleros, podrían sacarnos del pozo en veinte días, y sólo a cambio de un cartón de ducados y una arroba de vino. Intuyo que Botín sí conoce este hecho y celebra sus consejos de administración en la versión más cercana a su casa de Vinos el Gordo.
El ojo avizor de estos sabios para el análisis de la realidad les hace, además, los más indicados para descorrer las cortinas de humo y revelar conspiraciones, como la presunta muerte de Michael Jackson (que en realidad, está vivo), dónde esta el dinero de Madoff o quién mató a Roger Rabbit. Sí, amigos, las observaciones de estos fulanos suelen ser más acertadas que las de los tertulianos de Susana Grissom, e hilan con más coherencia los datos más dispares; y todo ello, a base de memoria, no en vano estamos hablando de una generación a la que obligaron a aprenderse de carrerilla la lista de los Reyes Godos y toda la orografía hispana.
Pero su dominio de la actualidad no se circunscribe sólo a lo ya dicho, sino que en su vasta sapienza brillan con luz propia los temas locales, el conocimiento de primera (o las más de las veces) segunda o quinta mano y la experiencia aportan ese cariz especial tan reclamado hoy en día por los gurús del periodismo. Si quiere usted saber por qué no se construyen más zonas verdes, quién y cuánto se llevan en negro los constructores de VPO, qué gustos y otros temas por el estilo referentes a su localidad, vayan a un bar y aprendan.
Si bien la convicción de sus palabras es escalofriante, su principal defecto es que no saben dosificarse. La gente común está hoy en día sobreinformada, así que recibir una lluvia de datos en los diez minutos que tienes precisamente para desconectar y tomar un cortao, no ayuda al reconocimiento de la gran labor social que el sabio de bar desempeña. Aunque pueda sonar extraño, la verdad es que estos prohombres, en la gran mayoría de los casos, se ponen muy cansinos. Pero ellos no cejan en su empeño, ante la falta de público ya se encargan de darle la tabarra al camarero, y aún en el improbable caso de que este se hiciera el sueco, siempre pueden hablar solos, en voz alta, emulando a aquellos profetas que aleccionaron a nuestros ancestros. Su audiencia favorita, como no podía ser de otra manera, son los jóvenes, seres indefensos en un mundo cruel a los que tienen la obligación de abrir los ojos, y éstos, pillados por lo general a traición, o tragan y asienten en silencio, o les preguntan con genuino interés (de que todo hay). Los sabios de bar normalmente admiten derecho a réplica -que no es recomendable hacer-, aunque jamás dan su brazo a torcer. Con el Maestro no se dialoga, se escucha en silencio y se aprende.
El mayor peligro es cuando se topan dos tipos de estos. El duelo entonces puede ser de dimensiones épicas, ruidoso y, en ocasiones, hasta violento. A esto último ayuda si el alcohol forma parte activa de la confrontación de ambos monólogos. En todo caso, es un espectáculo.

16 junio 2009

Dos ruedas y una cadena


Los becicletos, que decía uno de Madrigueras, son esos vehículos de dos ruedas que no tienen tubo de escape. Apenas cuatro tubos de aluminio mal soldados con un fulano pedaleando encima. Probablemente, se haya cruzado con alguna en su quehacer diario, y quizá hasta se le haya pasado por la cabeza el pensamiento de “vaya un gilipollas” al considerar lo a gusto que se va sentadico en el coche, con el aire acondicionado y la música a toda pastilla, o también cuando intenta encontrar un hueco donde estacionar su berlina de seis metros de eslora y ve cómo un ciclista desmonta y encadena su montura sin más a una farola. Pero lo más probable es que lo haya exclamado en voz alta cuando una bicicleta lo ha adelantado en un atasco o ha aparecido de repente junto a su ventanilla cuando iba a girar. Sí, amigo, ese gilipollas es un ciclista urbano.
Sorprende ver la poca cantidad de ciclistas urbanos (de los de bici a diario) que hay en esta ciudad, aunque puedo llegar a comprenderlo. Para empezar, está la cosa de los robos. No conozco a nadie en Albacete a quien no le hayan robado al menos una bici. Da lo mismo el tipo de cadena, candado o pitón que emplees, la misteriosa mafia de las bicicletas tiene cizallas y ganzúas para cada ocasión. Por supuesto, dé la bici por perdida para siempre cuando ésta desaparezca de donde la ató, porque la Policía ni siquiera se molesta en investigar el tema (quizá teman represalias por parte de la Mafia Ciclistera o a lo mejor están ellos metidos en el ajo, como ocurre en los libros de Flann O’Brian). Sólo se me ocurre la teoría conspiranoica de El Tercer Policía porque no creo que un yonki a) pueda sacar mucho dinero de las piezas de una bicicleta, b) vaya por ahí con una cizalla y c) se dé a la fuga pedaleando cuando apenas puede andar en línea recta. Además, me surgen preguntas como ¿dónde está el taller clandestino donde se compran las piezas de bici robadas?, ¿quién compra estas piezas?, ¿dónde las almacenan? Albacete no es tan grande para ocultar un negocio de esta magnitud, con lo que sólo podemos apuntar a una banda internacional de tráfico de bicis, lo que me hace pensar si mi Orbea roja estará ahora mismo en Arabia Saudí o Tailandia... Esto explicaría también, por ejemplo, que no hayan aparecido las 95 bicicletas (de 125) del servicio municipal de préstamo sustraídas.
Este es otro tema curioso. El Ayuntamiento puso hace unos años en marcha este servicio, a mi entender totalmente prescindible, como se ha demostrado con el tiempo (como que ahora mismo nadie quiere gestionar el tema). Abacete lo tenía todo para que esto funcionase, salvo dos cosas: educación y necesidad. Y es que la ciudadanía albaceteña está por civilizar; sobre el papel queda muy bonito plasmar la idea de que somos Europa, y que la gente agradecerá tener a su disposición unos vehículos gratuitos y ecológicos, pero en la práctica, lo que ofrecen es un trofeo demasiado tentador para los amigos de lo ajeno y un blanco fácil para los gilipollas que se dedican a placar papeleras o patear retrovisores para liberar tetosterona. Lo que no se les pasó por la cabeza a los responsables municipales es que el usuario de bicicletas YA TIENE UNA. O dos, por si le roban la primera. El ciclista urbano no necesita la bici del ayuntamiento, lo que quiere es dónde atarla, que le garanticen que la encontrará intacta a su regreso y, sobre todo, que pueda circular con ella con tranquilidad.
Porque esta es la principal pega. Sí, en esta ciudad maldita y oscura, circular en bicicleta es un deporte de riesgo. Tenemos un estúpido carril bici discontinuo que no va a ninguna parte, en pésimo estado de conservación -la idea de adoquines verdes merece una paliza-, y permanentemente ocupado por cualquier otra cosa que no sea una bicicleta. De nuevo, una operación de márketing que queda muy bien en las guías de turismo y en la estadística, pero con una utilidad real nula (como no sea la de quitar plazas de aparcamiento). Así que tenemos al ciclista urbano que, para llegar a su destino, no tiene más remedio que ir por la calzada, lo que tampoco debería suponer ningún trauma. Somos ‘como’ un vehículo, recuerden. Pero sí aparecen rápidamente los inconvenientes. Los baches nos recuerdan dónde está el culo y hasta dónde pueden subir los testículos, los conductores nos consideran más peligrosos que los apaches y defienden su diligencia a sangre y claxon, además de negarse a poner los intermitentes, no vayamos a saber hacia dónde se dirigen y tratemos de emboscarlos. Las scooter nos consideran sus primos bastardos, y en la lucha por el territorio asfáltico, no somos para ellos más que burda competencia...
Y los peatones... Ah, los peatones. Quienes podían ser nuestros aliados son en verdad los más acérrimos enemigos de la bicicleta. Pase usted, amigo ciclista, por una calle peatonal como la calle Mayor, a menos de 10km/h y verá las miradas de odio reflejadas en sus pupilas. Por supuesto, no faltará quien aparte a su hijo de un estirazón a la voz en grito de “cuidao con la bici”. Yo he visto a madres tirar a sus retoños al suelo del empujón para apartarlos de mi camino, cuando todavía estaba a diez metros de distancia y podía esquivarlos hasta conduciendo un panzer marcha atrás. Me veo obligado a resaltar que no conozco ningún caso de atropello bicicleta-peatón en donde el pedestre haya salido peor parado que el ciclista, y por supuesto, dudo mucho que alguien arrollado por una bici sufra lesiones medianamente graves o muera. Se quejan los peatones de que circulamos por las aceras, sin considerar que, bandarras aparte, por regla general si lo hacemos es porque no nos queda más remedio. Hay ocasiones en que, por puro instinto de supervivencia, no puedes bajar a la carretera. Además, hay que saber aprovechar los recursos y ventajas que ofrece montar en bicicleta. Hay que tener presente que no sólo la ciudad, todas las ciudades, están pensadas para ir en coche, sino también el código de circulación está hecho para esas latas de cuatro ruedas. Con esto no digo que haya que saltarse los cedas, semáforos e ir por dirección prohibida, pero desde luego, los perjuicios que puedes ocasionar en casoa así son nimios en comparación con la que monta un camión en doble fila o un todoterreno saltándose un stop. Allá con la temeridad de cada uno, lo que está claro es que el ciclista urbano se juega el pellejo, innecesaria y gratuitamente, en demasiadas ocasiones, y casi siempre, por culpa de otros.




PD: La imagen superior -una obra maestra- es el logotipo de una asociación ciclista de Guadalara, México.

10 junio 2009

Pa chulo yo y pa pegarse mi hermano


Siempre he odiado a los chulos. No los soporto desde crío. Repetidores del colegio (abusones, que dicen en las series norteamericanas), el macarrilla del barrio, el guayón con moto del instituto... Y así hasta el tipo que se cree tu jefe, el vendedor de billetes de Renfe, o cualquiera que piense que posee cierto poder/ventaja sobre ti, todos ellos pasan a mi lista negra de tipos a los que mandaría de cabeza a las fábricas de Soilent.
Puede que el término llame a equívoco. Hablamos de ir de chulo, de chuleta, no confundir con chuloputas (proxeneta). Chulo puede ser cualquiera, se puede chulear de coche, de tuboscape de moto, de trabajo, de novia, de abdominales... Un toque de chulería es necesario para no ir por la vida como un mindundi, además de que es un hecho empírico que a las chicas les gusta los chulos. El problema radica cuando la chulería pasa de ser un simpático guiño de nuestra personalidad a convertirse en una actitud, en un modus vivendi. El peligro, pues, viene en el momento en que el chulo de boquilla, el bacín, pasa a los hechos, a imponerse sin derecho a réplica, a ser el MÁS chulo.
Gracias a los documentales de gorilas, entiendo hasta cierto punto el instinto primigenio de ejercer el dominio sobre los menos fuertes, que no débiles, del que hacen gala ciertos individuos, lo entiendo dentro de una comunidad de gorilas, o en la cárcel, pero no en el patio de un colegio, en la plaza mayor o en la oficina de Correos. ¿Qué impulsa a un funcionario a putearte cuando vas a pedir un impreso o información? ¿Qué necesidad justificable tiene de demostrar que tiene cierto poder sobre ti, un poder momentáneo, ridículo, basado en la teórica inmunidad que le ofrece su contrato con la administración?
La chulería basada en el físico que sufrimos en nuestros primeros años respondería al esquema de los primates; los jóvenes luchan por hacerse con el puesto de macho alfa y los beneficios que esto conlleva. El repetidor de EGB era el mejor ejemplo de esto, y era más poderoso si era doblemente repetidor, jevi y fumaba celtas (así era en mis tiempos). Luego empezamos a vislumbrar nuevas formas de chulería, ya no tanto basadas en la relación altura/peso/melenas sino en los cuartos. Poderoso, y chulo, caballero es Don Dinero, ya saben. Los tipos con más perras en los bolsillos van y vienen donde quieren, tienen lo que y a quien desean. Porque si hay un axioma en esto de la chulería es que para ser chulo hay que poder; lo malo es que ese poder, ya sea físico, monetario o que cualquier otra clase, y he aquí el segundo corolario, es efímero, pero de eso hablaremos después. Conocemos la chulería del macarra, del billetoso, también a edades tempranas convivimos con la del tipo que posee alguna habilidad casi sobrenatural relacionada con tres los pilares básicos de un PJ rolero: fuerza, destreza y habilidad. La inteligencia... Ah, chulear de inteligencia sólo sirve para recibir hostias (y no conozco a nadie que tire dados para ver si su enano entiende los conjuros que roba a los cadáveres de sus enemigos). El clásico colega chupón del fútbol o el tipo que sabía marcar goles desde la defensa del futbolín encajan aquí. Su reinado suele ser corto y limitado, por circunscribirse a un área muy particular en un momento muy concreto, por mucho chándal del Alba juvenil que use hasta la Universidad...
Cuando uno abandona la adolescencia y el metabolismo comienza a moldear la figura con la que probablemente serás ingresado en urgencias antes de morir, es el momento en que empiezas a adivinar tipos de chulería más infame e irritante. La del poder burocrático, basada en esa estratégica posición al otro lado de la ventanilla, donde quien te atiende te considera culpable de todas las vejaciones que ha sufrido en la vida y ejerce de hijoputa vengador. Chulería sádica la de estos fulanos a los que podrías desmontar más fácilmente que a un playmóbil (pero no lo haces porque eres un ser presuntamente civilizado y educado, y a lo más que llegas es a tamborilear con los dedos en el mostrador o, los más aguerridos o desesperados, a alzar la voz; cuánto tenemos que aprender en este sentido de los gitanos).
La chulería de la escala de mando es muy chunga; en este caso, el macho alfa lo es por la vía ejecutiva, se sienta en la rama de arriba y estás obligado por contrato a obedecerle. Que el poder corrompe no es ninguna novedad, es inevitable que imponer tu autoridad sobre los demás por cuestiones del cargo acabe por desnortar a encargados y afines. Ebrio de poder, el dictador pasa a ser un chulo cuando encima hace gala de ello con un “esto es así porque lo digo yo”, por ejemplo.
Pero nada es eterno, fuera de la oficina, del ayuntamiento, del coche con faros de xenon, todos somos humanos, sometidos a otros, como muñecas rusas; las víctimas pasan a ser verdugos y viceversa. A nivel individual, sólo hace falta un palo y un pasamontañas para darle la vuelta a la tortilla. A nivel más amplio... pues vean el telediario. Y esto es lo que los chulos no comprenden, que el círculo puede romperse, que no hay necesidad de hacer el hijoputa... aunque puede que esto sea antinatural y comprometería la evolución del ser humano. Parafraseando al tío Ben, vacilar de un gran poder conlleva una gran responsabilidad, pero claro, se lo decía a un fulano que saltaba por los tejados.

22 mayo 2009

Elogio de la hijoputez albaceteña

el autor de este libro no es albaceteño, pero casi
Por si no han tenido la suerte de viajar a Granada, les diré que existe allí algo común a todos sus habitantes, certificado y comprobado por interesantes estudios, con más arraigo y orgullo que la Alhambra; me estoy refiriendo a la malafollá granaína, una suerte de mala leche gratuita, sin provocación previa, que aún a riesgo de confundirse con mala educación, no es sino un rasgo innato en el granaíno contra el que nada puede hacerse, más bien al contrario, el vecino de esta capital andaluza lleva con orgullo su mala hostia allá donde va. Es esta malafollá, por ejemplo, la que hace que anden por las aceras como si fueran suyas y sean incapaces de apartarse cuando tu trayectoria y la suya convergen en un punto. Quien esto suscribe ha desarrollado con el tiempo, y tras sucesivas visitas, un sistema infalible para evitar colisiones indeseadas con los granaínos, mezcla de andar más rápido que ellos y choques lo más violentos posibles al azar. El granaíno no es tonto, y cuando ve a uno de sus congéneres volar hacia el asfalto tras impactar contra un tipo de 100 kilos suele hacerse tímidamente a un lado (salvo que su masa corporal sea superior a la mía, claro).
Y es que en Albacete tenemos algo peor, más peligroso, que es la hijoputez. Al contrario que nuestros amigos del sur, el hijoputa albaceteño no nace, se hace; si la malafollá es algo innato, la hijoputez se aprende, se desarrolla y se trabaja para aumentarla, no en vano es un método de supervivencia, mezcla de la desconfianza de la Mancha central con el pretender metértela doblá del Levante. La malafollá sale de dentro, de los genes, del instinto, es un ataque; la hijoputez se gesta en la mente, es cerebral, premeditada y con alevosía, es una defensa, una reacción, una vendetta, un “pa hijoputa yo”, de ahí que supere con creces a la mala hostia granaína, ellos joden por joder, nosotros para ver si podemos joder pero bien, a conciencia, y para ello no nos importa saltarnos normas, convenciones morales y hasta la ley, si es menester. Al contrario que el granaíno, que va con la malafollá por bandera, el albaceteño no reconocerá públicamente que es un hijoputa.
El hijoputa albaceteño es un tipo potencialmente peligroso cuando entra en fase, sobre todo porque no anuncia su acto vengativo, al menos no más que con un “ahora verá ese cabrón” o el ya mencionado “pa hijoputa yo”. Tampoco le preocupan las consecuencias. Es un hombre sin miedo. Y lo peor es que no actúa contra nadie el concreto, sino contra todos, contra el mundo; el hijoputa guarda todas y cada una de las afrentas que le han sucedido a lo largo de su existencia, y luego la víctima se convierte en verdugo indiscriminado, con una especie de ansia por devolverle al karma las putadas recibidas, generando a su vez otro futuro hijoputa. La hijoputez se convierte así en una reacción en cadena que se retroalimenta constantemente, el móvil de eterno movimiento.
El hijoputa albaceteño es el que aparca en doble fila delante de otro coche en doble fila en la parada del autobús, el que se cuela en la caja del Mercadona con aquello de “sólo llevo una cosa” y de repente saca de la nada un carro a reventar. Es el político que deshace lo contruido por quien antes ocupaba su asiente, aunque sea del mismo partido. Es la vecina tiene las sábanas lavadas con lejía encima de tu ropa. Es el fritilla que pone la radio a todo volumen a la hora de la siesta; el tipo grandaco que anda empujando a la gente por las aceras del Zaidín... En fin, los ejemplos son innumerables, sólo hay que darse una vuelta por la ciudad para comprobarlo. Y sí, hay hijoputas similares en casi todas partes, y no necesariamente albaceteños, pero a buen seguro que el origen de esa hijoputez está aquí, ya sea porque el hijoputa forastero visitara la ciudad y la sufriera en sus carnes o porque tropezara con un nativo del llano allá en su localidad. Puede que exportemos navajas, vino y queso, pero el principal recurso llevado allende nuestras fronteras es la hijoputez.
Consideren, en último lugar, lo que sería la máquina perfecta, el terminator definitivo, el ángel vengador por excelencia: un granaíno de Albacete. Como mi mujer.